jueves, 3 de octubre de 2013

Las cuentas del Gran Capitán

Esta expresión es muy utilizaba por las gentes para referirse, de forma familiar y en sentido figurado, a las cuentas en donde figuran partidas exorbitantes, o a aquellas que están hechas de modo arbitrario y sin la debida justificación. Así suele expresarse quien encomienda a otro una labor de cierta importancia sin presupuesto ni ajuste previo, sin más aval en la justeza de los gastos que la confianza de serle conocido o la buena opinión que pudiera facilitarle una tercera persona, y luego se encuentra con la sorpresa de que el costo resultante ha rebasado sospechosamente con creces lo que en un inicio se tenía estimado de manera aproximada.

El dicho tiene como base histórica las tan discutidas cuentas que el general don Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), de sobrenombre ‘Gran Capitán’, presentó a los Reyes Católicos, después de haber conquistado para ellos Nápoles y Sicilia. La historia se desarrolló como sigue:

"Hasta que logró su unificación como país a mediados del s. XIX, la actual Italia era un mosaico de pequeños estados en continuas disensiones internas y sin capacidad defensiva. Aprovechando esta debilidad, el Reino de Aragón y la casa francesa de Anjou venían luchando desde el siglo XIII, disputándose la posesión de Nápoles y Sicilia, que habían constituido el llamado Reino Normando de las Dos Sicilias.

A finales del siglo XV, lo que en un principio era una rivalidad entre dos pequeños reinos, se convierte en problema y lucha, por el dominio de Italia, entre las dos potencias que, merced a sus políticas de unificación, habían constituido los reinos de España y Francia. Por esos años, los monarcas que se ven enfrentados son Fernando V de Aragón, casado de Isabel I de Castilla, y el rey francés Luis XII de Anjou.

El rey francés, tras haberse apoderado del Ducado de Milán, firmó con el Rey Católico el Tratado Secreto de Granada (1500), por el cual se repartían el Reino de las Dos Sicilias. Pero las desavenencias entre franceses y españoles, que se disputaban también algunos territorios centrales italianos, provocaron la guerra entre ambos países.

España puso al mando de sus tropas al Gran Capitán, quien, tras una lucha encarnizada, logró de manera consecutiva las victorias de Seminarata, Ceriñola y Garellano (1503), dando la victoria a España. El Reino de las Dos Sicilias pasó a formar parte de los dominios españoles, hasta los Tratados de Utrecht y Rastatt (1713 y 1714, respectivamente), que ponían fin a la Guerra de Sucesión española y sentaban a la casa de Borbón en el trono de España.

Concluida la campaña de Italia, los Reyes Católicos exigieron cuentas a su general, quizás imprudentemente y de forma inconveniente, y, aunque éste las rindió, es de suponer que González de Córdoba hubo de sentirse molesto por las maneras como se las habían exigido.

De todas las partidas que el Gran Capitán presentó a sus Reyes, las más conocidas y repetidas de todos son las siguientes:

  • Doscientos mil setecientos treinta y seis ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres, para que rogasen a Dios por la prosperidad de las armas españolas.
  • Diez mil ducados en pólvora y balas.
  • Cien millones en palas, picos y azadones, para enterrar a los muertos del adversario.
  • Cien mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres de sus enemigos tendidos en el campo de batalla.
  • Cincuenta mil ducados en aguardiente para las tropas, en días de combate.
  • Ciento sesenta mil ducados en poner y renovar campanas destruidas por el uso continuo de repicar todos los días por nuevas victorias conseguidas sobre el enemigo.
  • Millón y medio de ducados para mantener prisioneros y heridos.
  • Un millón en misas de gracia y tedéums al Todopoderoso.
  • Tres millones de ducados en sufragios por los muertos.
  • Siete mil cuatrocientos noventa y cuatro ducados en espías y escuchas.
  • Cien millones por mi paciencia en escuchar ayer que el Rey pedía cuentas al que le había regalado un reino".


Con respecto a la autenticidad de estas cuentas, Manuel José Quintana y Modesto Lafuente sostuvieron la autenticidad del hecho. Otros creen que son apócrifas y que su lenguaje no corresponde al que se usaba en tiempos de los Reyes Católicos, sino al de un siglo más tarde. Dicen que hubo, efectivamente, unas cuentas que rindió el Gran Capitán y que se tuvieron por excesivas, dando origen a la expresión proverbial. Pero, a su vez, afirman que las cuentas que corren por los libros como dadas por el Gran Capitán son falsas.

En El Averiguador Universal (tomo IV, pp. 227 a 258, correspondientes a los números 87 y 89 de 1882), aparecieron dos trabajos acerca de esto. En el segundo de ellos, un comunicante, que sólo firma con las abreviaturas J. C. G., cita, en apoyo de la autenticidad de las famosas cuentas, el testimonio de la Historia general del Mundo, del obispo italiano Paulo Jovio, personaje casi contemporáneo del Gran Capitán, en cuya obra, después de referir la llegada a Nápoles del Rey Católico, podemos leer lo siguiente:

«En estos días, pusiéronle demanda [a Gonzalo de Córdoba], diciendo que diese cuentas
de lo que había gastado en la guerra y de las rentas que habían entrado en su poder, porque, vistos los libros de lo recibido y gastado, había gran diferencia de lo uno a lo otro. Él dijo, severa y graciosamente: “Yo os mostraré un cartapacio mío más verdadero que todos esos libros públicos, y veréis que he gastado más de lo que he recibido; y yo os juro que por pleito lo tengo de cobrar”. Y otro día sacó un libro pequeño con un título muy autorizado, y, abriendo la primera hoja, decía encima: “Cuenta del gasto, y luego un partido decía: Di a pobres y monjas y abades de buena vida doscientos mil y setecientos y treinta y seis ducados, y nueve reales, porque rogasen a Dios que nos diese victoria. Y luego, el segundo partido decía: Di seiscientos mil y cuatrocientos y noventa y cuatro ducados a las espías por cuyo aviso se ganaron muchas victorias, y el señorío del Reino, y díselos secreto de mi mano a la suya”. Mandó el rey que no se hablase más de ello, y ratificando todo lo que había hecho, determinó traerlo consigo a España».

Hasta aquí la cita de J. C. G., quien afirma haberse servido de una traducción española de la obra de Paulo Jovio que hizo posteriormente, en 1566, Gaspar de Baeza (1.ª parte, folio 68, edición de Granada). No hay más datos históricos que avalen la veracidad de lo que bien podría ser tan sólo una anecdótica falacia.