sábado, 22 de junio de 2013

Ambrosio Bocanegra y la batalla de la Rochelle


España ha tenido grandes navegantes y jefes militares, aún siendo de importación algunos, que no por desconocidos para el común de los mortales, aunque no para el amante de la historia de España, siguen en el limbo de los grandes héroes patrios sin reconocimiento alguno, tradición esta muy española sea dicho de paso. Sirva la historia que narro hoy como muestra de como España, merced a la inteligencia y bravura de sus gentes, supo poner de rodillas a sus enemigos a pesar de los pesares de la albión. 



Castilla, un pequeño reino interior, con escasas salidas al mar, inició en España la tradición marinera y la hegemonía de nuestra marina. Con la ayuda de grandes navegantes llegados de Italia y Portugal, comenzó a construir una poderosa flota que, dividida en tres departamentos, ejercían un dominio total del mar peninsular.



La primera era la flota del Cantábrico. Otra, tenía base en Sevilla, donde existían importantes careneros y por último, la flota del Mediterráneo, cuyo puerto más importante era Cartagena.


De entre todos los marinos y navegantes que llegaron a Castilla y a Aragón, destaca una poderosa saga genovesa, la de los Bocanegra, que desde mediados del siglo XIV supo dar a estos reinos la supremacía naval y militar en el Canal de la Mancha y en la propia Inglaterra.

Ambrosio Bocanegra (en italiano Ambrogio Boccanegra, †1374),  Era sobrino de Simón Bocanegra, el primer dogo de Génova, e hijo de Gil (Egidio) Bocanegra, quien en 1341 marchó a Castilla con una flota en ayuda del rey Alfonso XI, entonces en guerra contra los benimerines y sus aliados granadinos, y participó en la Batalla del Río Salado (1344), Casado con María Piesco, tuvieron varios hijos, el más destacado, Ambrosio Bocanegra, que llegó a ser Almirante de Castilla con el rey Enrique II. Debido a estos servicios, el rey Alfonso XI concedió a los Bocanegra la villa andaluza de Palma del Río, donde se asentaron. Gil fue ejecutado por orden de Pedro I de Castilla en 1367, debido a sus simpatías por su hermanastro y rival Enrique de Trastámara. Para no sufrir una suerte semejante Ambrosio huyó a Francia y formó parte de la corte de Enrique en el exilio.
Tras la muerte de Pedro I y la ascensión al trono de Enrique II en 1369, Ambrosio recuperó su señorío sobre Palma del Río y le concedió una carta puebla (1371) por la cual sus habitantes -en su mayoría mudéjares- pasaban a ser hombres libres. También reconoció el derecho de los musulmanes a regirse por sus propias leyes y jueces, salvo en los casos de adulterio con mujeres cristianas, en los cuales los infractores serían quemados en la hoguera sin excepción.

Al igual que su padre, Ambrosio Bocanegra también se unió a la incipiente armada castellana, de la que llegaría a ser almirante durante el reinado de Enrique II. En 1371 cosechó una amplia victoria contra una armada portuguesa en la desembocadura del Guadalquivir, hecho que llevaría al rey Fernando I de Portugal a firmar la paz con su homólogo castellano poco después. Al mando de la flota castellana compuesta por unas pocas galeras, mal armadas y peor abastecidas, el Almirante Ambrosio Bocanegra derrota a una flota portuguesa que el rey Fernando I envía a bloquear la salida a la mar del río Guadalquivir, lo que supone la paralización de la importante actividad marítima y económica de Andalucía.

Bocanegra arremetió contra los portugueses a los que les hundió tres galeras y dos naos, provocando su huída y dejando libre la salida del Guadalquivir.

Pese a ello, no fue ésta la mayor victoria de Bocanegra, sino la que conseguiría un año más tarde de acuerdo con la alianza que unía a las coronas de Francia y Castilla, tras la firma del Tratado de Toledo con Francia, por el cual se puso a disposición de los galos todas las fuerzas navales de Castilla para hacer frente al poderío naval británico que estaba decantando a su favor la Guerra de los Cien Años.  A Castilla le interesa mucho aquella alianza y la posibilidad de acabar con la piratería inglesa que infesta toda la costa francesa y hace imposible el paso por el Canal de la Mancha, con lo que el comercio con Flandes, se hace cada vez más difícil.

Ese comercio, fundamentalmente de lana merina, de la que Castilla tiene la más alta producción y la de mejor calidad, es casi la única fuente de recursos con que cuenta su maltrecha economía, por lo que es de vital importancia restablecer el tráfico marítimo.

Como consecuencia de esa alianza y de los intereses expuestos, la escuadra castellana, al mando de Ambrosio Bocanegra, se concentra en el Cantábrico para atacar la zona de suelo francés que permanece en poder de Gran Bretaña.

Las tropas francesas llevaban tiempo asediando la ciudad de La Rochelle, en la costa francesa, una ciudad fortificada que se resistía agónicamente y que era de vital importancia para la defensa de toda la región conocida como la Guyena. Desde Gran Bretaña y con la intención de hacer levantar el cerco, se envió una poderosa flota al mando del almirante John Hasting, Conde de Pembroke y cuñado del rey inglés Enrique II. La componen treinta y seis naves de guerra y varias más de transporte en las que se traslada un ejército de ocho mil soldados y quinientos caballeros con sus monturas, más pertrechos y alimentos, para una campaña que se vaticina larga. 

La flota castellana, compuesta por veintidós naves, zarpó en dirección a La Rochelle y a su encuentro salieron los británicos tan pronto supieron que las naves castellanas estaban cerca. Entre las islas de Re y Oleron, que protegen la entrada a La Rochelle, tuvieron el primer enfrentamiento el día 22 de junio de 1372.

Las galeras castellanas eran más recias y más ágiles en la maniobra, lo que sumado al sobrepeso de las británicas que transportaban caballería, tropas y material para el asedio de la ciudad, daba una superioridad maniobrera muy considerable.

Además, las naves castellanas habían incorporado por primera vez en la historia naval, piezas de artillería de las llamadas bombardas, con las que causaron estragos en las naves inglesas.

Una bombarda era un arma mortífera a corta distancia y solía disparar bolas de hierro o de piedra. Las primeras eran más contundentes, pero las otras se convertían en metralla cuando chocaban contra cualquier objeto duro, causando heridas pavorosas. La única dificultad que tenían aquellas primitivas piezas de artillería era que su capacidad de fuego no sobrepasaba los diez o doce disparos al día, lo que no era mucho, evidentemente.
Cuando caía la noche, se veía claramente que las naves inglesas habían sufrido mucho más daño que las castellanas, pero la situación todavía tenía algún equilibrio.


Fue en ese momento, al hacerse noche cerrada, cuando el Almirante castellano, buen conocedor de los mares y sobre todo de aquella costa, ordenó a sus naves retirarse a alta mar, lo que, en principio, fue interpretado por los ingleses 

como un signo de victoria, pero la realidad era muy distinta.



Lo que los marinos ingleses achacaron a una cobardía del genovés (como así lo pregonaron) fue en realidad una hábil estratagema naval.

El Almirante Bocanegra sabía cuales eran las intensidades de las mareas en aquella zona de bajíos, en donde la mar desciende varios metros y que permaneciendo en lugar que habían elegido los barcos ingleses para fondear, quedarían varados, cosa que así sucedió en la siguiente bajamar y ese fue el momento que aprovechó la escuadra castellana para volver a la carga y, sin posibilidad de maniobrar los británicos, terminar de infligirles una tremenda derrota.



En la refriega que se produjo a continuación, con las naves inglesas escoradas y encalladas, sin posibilidad de movimiento, las galeras castellanas se acercaban por la popa, punto más vulnerable de cualquier embarcación y arrojándoles materiales inflamables, flechas incendiarias y bolas con las bombardas, consiguieron incendiar y destruir prácticamente todas las naves.


En sus cubiertas, abarrotadas de soldados en exceso, era imposible organizar una defensa y los soldados optaban por tirarse al agua con el fin de ganar la playa, no muy lejana, pero el peso de las cotas de malla y armaduras los arrastraba irremisiblemente al fondo. Algunos consiguieron ganar la orilla para contemplar desde allí cómo más de veinte naves ardían totalmente, hundiéndose con toda su gente. Las que no se hundieron quedaron ingobernables y al subir la marea y desencallar, las olas las estrellaron contra las rocas. Sólo unas pocas consiguieron romper el cerco y escapar de aquella masacre. Las que resultaron indemnes fueron apresadas, pasando a engrosar la flota castellana, como era costumbre en la mar.

Algo más vino a inclinar la balanza del bando castellano y es que en el saqueo de las naves, se encontró una enorme cantidad de dinero para el pago de las soldadas de los combatientes en la plaza asediada y de todas las tropas que los británicos mantenía en el territorio de Guyena, lo que suponía un importante tesoro.

De esta manera, Bocanegra derrotó estrepitosamente a la armada inglesa en la Batalla de La Rochela (1372) e hizo prisionero a su comandante, el Conde de Pem broke, a quien mandó a presencia de Enrique II en Burgos junto con sus principales caballeros.
Además, como complemento a su exitosa campaña, en su regreso a Santander tuvieron a la diosa fortuna nuevamente de cara, pues se encontraron cuatro naves inglesas que procedían de Bayona a las que también apresaron y unieron a la flota.

Como consecuencia inmediata, desaparecida la piratería inglesa, las posiciones británicas en Guyena empezaron a declinar. El comercio con Flandes se intensificó, suponiendo para Castilla un auge tan importante, que la ciudad de Burgos, capital del reino en aquellas fechas, se convirtió en una de las más importante de la Europa continental, desde donde se centralizaba el comercio de materias tan importantes como la lana, el hierro de Vasconia o los cereales de Castilla.

Por tanto, esta victoria fue muy importante para el Reino de Castilla, pues posibilitó el control absoluto del Canal de la Mancha y por tanto el dominio de las rutas comerciales, como antes se apuntó.

En 1373, Bocanegra se dirigió de nuevo contra Portugal. Tras un breve ataque sobre Lisboa los portugueses pidieron de nuevo la paz, antes de que se produjesen daños mayores. 

Ambrosio Bocanegra murió poco después. Su segundo, Fernando Sánchez de Tovar, fue nombrado nuevo Almirante Mayor de Castilla en 1374. Desencadenó una serie de ataques y desembarcos a lo largo de la costa sur de Inglaterra que llevarían finalmente a este reino a solicitar la paz, pero esta es otra historia que contaremos en la siguiente entrada.

Si quieres escucharlo| RH_Podcast_007. El Almirante Bocanegra y la Batalla de La Rochelle

Fuentes:


jueves, 20 de junio de 2013

Los Campos Catalúnicos, la última gran batalla de Roma

La Batalla de los Campos Cataláunicos (también llamada Batalla de Châlons, o Batalla de Locus Mauriacus) enfrentó en el año 451 a una coalición romana liderada por el general Flavio Aecio y el rey visigodo Teodorico I contra la alianza de los hunos comandada por su rey Atila. Esta batalla fue la última operación a gran escala en el Imperio Romano de Occidente y la cumbre de la carrera de Aecio. Es considerada una de las batallas más importantes y decisivas de la Historia. 
 Hacía medio siglo que el Imperio se había fraccionado en dos, y ahora había sendos emperadores: uno en el este y otro en el oeste. 
El Imperio de Occidente se encontraba sumamente debilitado, y los gobernantes "de facto" de una gran parte de la Galia eran los visigodos que décadas atrás se habían visto obligados a cruzar el Danubio por culpa precisamente de la presión huna, derrotando a los romanos en Adrianópolis, asolando los Balcanes, y saqueando Roma en el 410

En este contexto, las referencias a Atila habían llegado a todos los rincones de Europa. Algunos pueblos bárbaros enviaban emisarios con proposiciones de alianzas, mientras otros buscaban apoyo en el decadente Imperio Romano de Occidente. La cristiandad se había extendido por gran parte del continente; tanto el Imperio Romano de Oriente, como el de Occidente habían abandonado los antiguos cultos, al igual que diversos pueblos bárbaros que se habían romanizado y adquirido el cristianismo. 
 Las noticias de los saqueos y la destrucción que había sufrido el Imperio de Oriente a manos de Atila habían llegado a Occidente. El temor a que los hunos se dirigieran al Imperio de Occidente era una realidad, los militares los temían, y el pueblo también. No obstante, el emperador de Occidente, Valentiniano III, había entablado negociaciones con Atila para destruir entre ambos el Reino visigodo de Tolosa, en la Galia. 
 Atila llevaba un tiempo sopesando y midiendo el poder del Imperio Romano de Occidente, así como a los francos y visigodos que se habían apoderado de las tierras galas de los anteriores, y no tardó en decidirse a actuar con la primera excusa. En los últimos días del mes de junio del año 451 DC, o 1.204 "Ab Urbe Condita" (desde la fundación de la ciudad, en referencia a Roma), el ejército de Atila inició la invasión de las Galias, parece ser que con la excusa de reclamar la mitad del Imperio Romano de Occidente como dote por su pretendido matrimonio con Honoria, hermana del emperador occidental Valentiniano III, aunque sobre este extremo hay dudas acerca de su autenticidad. 
 En cualquier caso, Atila y sus germanos recorrían hacía tiempo el norte de la Galia a sus anchas, al igual que el Imperio Oriental, que habían saqueado a su antojo y obligado a rendir tributo. Habían aprendido técnicas de asedio anteriormente, y habían asediado y saqueado Tournai, Cambrai, Amiens, Beuvais, Colonia, Mains, Traer, Metz y Reims. Lutecia (París) se había salvado in extremis, y ahora, Atila había concentrado sus tropas para asediar Aurelianum (Orleáns), ciudad fortificada que cerraba el paso del río Loira. Se dice que los hunos ya estaban sobre las murallas Orleáns cuando el ejército de Aecio apareció en el horizonte.
Entonces Atila salió al encuentro del ejército enemigo para no verse sorprendido y acorralado frente a las murallas de la ciudad, y decidió enfrentarse a los romanos y sus aliados en campo abierto. Se replegó hacia el norte, a una llanura conocida como Campos Catalúnicos, o Chalons. Estableció una precaria fortificación para su campamento mediante la disposición de las carretas, y esperó la llegada de Aecio. 
Formaban sus tropas toda suerte de pueblos germanos aliados y vasallos, desde los Urales hasta el Rin. Atila contaba con una gran cantidad de los jinetes de las estepas que habían conformado su pueblo, así como una gran cantidad de infantería de los reinos que le habían rendido vasallaje, como los ostrogodos, gépidos, hérulos, turingios y muchos más. 
 El ejército romano estaba comandado por el "magister militum" Flavio Aecio, apodado por los historiadores como "el último de los romanos" por sus denodados esfuerzos por defender un Imperio Occidental que se derrumbaba a pasos agigantados. Cuando el desafío de Atila llegó a la corte de Valeriano, éste envió a Flavio Aecio con la orden de detener a Atila en sus pretensiones. Porque, si Atila se apoderaba de la Galia y subyugaba a los germanos francos y visigodos, Italia sería lo único que le quedaría por conquistar, y sin más apoyos, perecería irremediablemente. Aecio reunió las pocas tropas romanas que pudo antes de marchar al norte: básicamente, auxiliares no profesionales. Roma no podía reunir las legiones de antaño. Los soldados que siguieron a Aecio eran ciudadanos, campesinos y artesanos, mal equipados y con precaria formación militar. Sin embargo, Aecio consiguió infundir en ellos el valor suficiente para enfrentarse al más poderoso enemigo de Roma. Sin embargo, Aecio sabía que no serían suficientes. Tenía muy claro que necesitaba la ayuda de otros enemigos de Roma: los reinos visigodo y franco, los únicos con poder militar efectivo, con fieros soldados, que Aecio conocía bien por haber luchado junto a él como federados. 
Por ello, el astuto Aecio se dirigió a la corte e Teodorico, rey visigodo del reino de Tolosa, para convencerle de que se aliara con él contra los hunos. Se dice que cuando Teodorico vio la ruina de ejército que comandaba Aecio, decidió que sería más seguro quedarse en casa y esperar a Atila en sus propias tierras. Sin embargo, Aecio no se rindió fácilmente. Buscó apoyo en un consejero de Teodorico, Avio, que finalmente convenció a Teodorico. Luego, Aecio y Teodorico marcharon hacia los francos. 
Como estaban en el camino de Atila, Meroveo, rey de los francos, fue más fácil de convencer. Además, Avio consiguió atraer también a las tribus alanas que en aquel momento se habían asentado entre los francos y los visigodos. Finalmente, toda aquella última alianza se puso en marcha para interceptar a Atila. Aecio, desde una colina, vio pasar todo el ejército hacia el norte, pensando que aquél era el último poder militar que quedaba en occidente. 
 Finalmente, aquel día de junio del 451 d. de C. se encontraron en la llanura de Châlons los dos ejércitos. Los historiadores de la época hablan de que ambos bandos superaban el medio millón de hombres, pero esta cifra es seguramente exagerada y habría que reducirla, en términos realistas, a unos 30.000-50.000 por cada bando. 
En cualquier caso, prácticamente todas las naciones de Europa se enfrentaron en Châlons, en lo que fue sin duda una de las batallas más grandes e importantes de la Historia: hunos, germanos, ostrogodos, alanos, visigodos, francos, romanos... Algunos francos decidieron unirse a los romanos, mientras que otros se unieron a las huestes germanas del rey huno. Llegado el momento del enfrentamiento, los hunos se situaron en el centro, con sus fieles aliados ostrogodos a la izquierda y los aliados germanos en el flanco derecho, de entre los que destacaban los gépidos. 
Los romanos por su parte, junto con los francos, lograron situarse sobre una pequeña colina que dominaba la llanura frente al flanco derecho de Atila, y con los visigodos de Teodorico en el flanco derecho; en el centro dispusieron a los alanos, de quienes tanto Aecio como Teodorico no tenían por segura su lealtad, de modo que les resultara difícil traicionarles y abandonar el campo de batalla. 
Tras arengar a sus tropas y animarles a pesar de la toma estratégica de la colina por los romanos, el ejército de Atila inició la batalla tiñendo el cielo de negro con sus flechas. Atacó entonces a los alanos en el centro, mientras que los ostrogodos embestían a los visigodos. En un principio Atila obtuvo una gran ventaja al atravesar con facilidad el centro enemigo defendido por los alanos, pero los romanos resistían en sus posiciones en la colina, y Atila dirigió a sus hunos contra los visigodos de Teodorico; éste se batía contra los enemigos en primera línea de combate, gritando sobre su caballo y arengando a sus hombres a seguir combatiendo, cuando por razones no muy claras fue muerto en combate. Al saberse esto, los visigodos de la retaguardia nombraron inmediatamente a su hermano Turismundo como nuevo rey, y éste prosiguió la batalla lanzando de nuevo a sus hombres contra los ostrogodos, que fueron finalmente rechazados. 

 Atila se encontraba entonces en una difícil posición, entre los visigodos de Turismundo y los romanos de Aecio; la colina defendida por los romanos había costado un gran número de vidas y a pesar de todo no había sido tomada, y ante la perspectiva de verse rodeado emprendió la huida hacia el círculo de carromatos que protegía su campamento, donde se refugió mientras los hunos no dejaban de disparar flechas desde su interior para defenderlo. Aquí se inicia un momento que ha creado no pocas especulaciones entre los historiadores. El caso es que en lugar de asestar el golpe final a los hunos y a Atila, que ordenó incluso preparar su pira funeraria para evitar ser cogido vivo, Aecio no atacó las posiciones defensivas de Atila y éste pudo, más tarde, retirarse más allá de la frontera del Rin. La opinión de Jordanes, historiador de la época que nuetros contemporáneos han hecho suya también, es que Aecio no quería romper el equilibrio de fuerzas existentes y pensó que aplastar a los hunos podría dar alas a los visigodos para expandirse por toda la Galia y amenazar la misma Roma. Pero no hay que olvidar que Jordanes, era visigodo. 
 Es cierto que Aecio había hecho y desecho alianzas con varios pueblos germanos (especialmente los hunos) antes de la aparición de Atila, pero no parece claro que pudiese pensar en algún beneficio que reportase el permitir a Atila conservar su ejército (que de hecho al año siguiente invadió Italia), y tampoco podía tener muchos motivos para temer a los visigodos, que hasta entonces se habían asentado pacíficamente en la Aquitania como "foederati". 
Sí parece más probable que Turismundo, una vez repelido el ataque huno en el que se había visto envuelto, no respetase la alianza con los romanos que su hermano fallecido había sellado (al fin y al cabo él no la había firmado, y no tenía por qué estar de acuerdo con su hermano), y optase por regresar rápidamente a Tolosa para asegurar su puesto en el trono frente a las habituales luchas internas visigodas por el poder (como más adelante se vería). En definitiva, los visigodos abandonaron a sus aliados en pleno campo de batalla. Aecio actuó de la única forma posible, reducidas sus fuerzas a sus propios hombres (una sombra de lo que fueron las legiones de Augusto y Trajano), y con el peligro de sufrir una derrota atacando a un enemigo acorralado que le dejase libres las puertas de la Galia y de toda Italia. 
 Aecio, Turismundo y Atila abandonaron el campo de batalla de Châlons dejando tras de sí tantos cadáveres, que según los contemporáneos las almas de los muertos siguieron luchando en el lugar durante varias noches y, durante generaciones, los campesinos de la zona siguieron desenterrando huesos y armas mientras labraban la tierra. 
Al año siguiente Atila lo intentó de nuevo invadiendo Italia, y sólo la superstición endémica del rey huno unida a la peste y la hambruna que amenazaba su ejército lo detuvo de seguir avanzando hacia Roma (la historia del encuentro entre Atila y el Papa Leon I fue un hecho circunstancial, posteriormente magnificado por la Iglesia). Atila murió al año siguiente en una orgía tras contraer matrimonio con la princesa goda Ildico, murió por una hemorragia nasal. Lo cierto es que el caudillo las sufría con cierta periodicidad, pero en aquella ocasión, ebrio, se durmió boca arriba y se ahogó en su propia sangre. 
 La retirada de Atila y su muerte al año siguiente supusieron sendos reveses para la imagen de que gozaba Aecio ante Valentiniano III, que sospechaba que su mejor general tenía aspiraciones al trono imperial. Aecio había apostado desde el principio de la invasión de Italia por una solución militar a pesar de lo reducido de sus fuerzas, pero Valentiniano III prefirió permanecer a la defensiva y resistir desde Roma; con la muerte de Atila en 453 DC, el emperador occidental pensó que la habilidad negociadora y militar de Aecio ya no eran tan necesarias, ahora que había desaparecido el peligro de Atila. 
Por estas razones, y alentado por las habituales intrigas palaciegas, en el año 454 d. de C. Valentiniano III lo mandó llamar a palacio y él mismo asesinó le por sorpresa atravesándole con la espada imperial. Al año siguiente, dos antiguos oficiales de Aecio asesinaron al emperador durante un desfile, seguramente a instancias del influyente y rico senador romano Petronio Máximo, que aspiraba al trono. 

 Poco despues, Roma caería para siempre a manos del vándalo Genserico, que invadió y saqueó Roma consiguiendo un sustancial botín. 




Fuentes: